De usar tecnología a producirla
La estrategia parte de un diagnóstico conocido, pero pocas veces abordado de forma estructural: España cuenta con una base científica sólida, pero ha tenido dificultades para llevar ese conocimiento al mercado. La deep tech —IA avanzada, biotecnología, robótica, cuántica o nuevos materiales— exige plazos largos, capital intensivo y una coordinación que va más allá del emprendimiento tradicional.
El enfoque cambia el marco: no se trata solo de crear empresas, sino de construir un ecosistema capaz de sostener tecnologías complejas desde el laboratorio hasta su aplicación real.
Ciencia, empresa e inversión: el triángulo que se quiere activar
Uno de los pilares de la estrategia es reforzar la conexión entre investigadores, empresas e inversores especializados. El protagonismo recae en perfiles científicos y técnicos —doctores, ingenieros, equipos de investigación— que lideran proyectos con alta barrera de entrada tecnológica.
La ambición es clara: que la deep tech no se quede en spin-offs aisladas, sino que actúe como motor de modernización del tejido industrial, elevando productividad, competitividad y soberanía tecnológica.
Un marco más estable para tecnologías complejas
A diferencia de políticas centradas en ciclos cortos, la Estrategia Nacional de Deep Tech reconoce que este tipo de innovación necesita estabilidad regulatoria, instrumentos financieros específicos e infraestructuras adecuadas. El objetivo es reducir la brecha entre investigación y mercado y generar condiciones predecibles para proyectos que requieren años de desarrollo y validación.
Esto alinea a España con una tendencia europea más amplia: apostar por tecnologías profundas como base del crecimiento a largo plazo.