1. Investigar sin escuchar al mercado
Uno de los fallos más habituales en la transferencia es asumir que la investigación habla por sí sola. La realidad es distinta: muchas tecnologías nacen sin un problema claro que resolver o sin un mercado suficientemente comprendido. Esto no ocurre por falta de calidad científica, sino por falta de conversación.
Para evitarlo, las instituciones que lideran investigación deben incorporar colaboración público-privada desde las primeras etapas. Cuando las empresas participan temprano, ayudan a orientar expectativas, casos de uso y mercados potenciales. La mentoría industrial, los estudios de viabilidad y los clústeres de innovación son herramientas que reducen la incertidumbre y aceleran el encaje problema-solución.
La transferencia empieza cuando entendemos a quién sirve, no cuando redactamos una patente.
2. Pensar que una buena tecnología basta
Otro error recurrente es creer que la innovación es sinónimo de tecnología. Una patente no es un producto, y un prototipo no es una empresa. Sin modelo de negocio, estrategia de mercado y un análisis realista de la competencia, cualquier avance científico corre riesgo de quedarse en el conocido “Valle de la Muerte”: el espacio entre una validación prometedora y un producto viable.
Las soluciones pasan por adoptar una gestión integral de la innovación: planes de negocio sólidos, oficinas de transferencia con perfiles híbridos (ciencia + negocio) y fondos específicos para financiar pruebas de concepto y prototipos. Cuando los equipos piensan no solo en lo que han descubierto, sino en cómo se usará, la brecha entre investigación y mercado se reduce de forma drástica.
La tecnología abre la puerta, pero el negocio es quien la hace transitable.
3. Subestimar la cultura y la falta de capacidades
El tercer error no tiene que ver con la ciencia ni con el mercado, sino con la cultura. Muchas universidades funcionan con incentivos centrados en publicaciones, no en transferencia. Y muchos investigadores, por formación y trayectoria, no cuentan con herramientas para comunicar sus resultados a empresas, negociar propiedad intelectual o analizar oportunidades de negocio.
La solución requiere un cambio estructural:
- Formación en innovación y emprendimiento como parte natural del desarrollo académico.
- Reconocimiento real de la transferencia dentro de las métricas de carrera.
- Movilidad fluida entre academia e industria para construir entendimiento mutuo.
Cuando la transferencia deja de ser una excepción cultural y se convierte en parte de la identidad institucional, el talento fluye y el impacto crece.
Transferir no es abandonar la ciencia: es ampliar su alcance.
4. Tener miedo al riesgo (y dejar solos a los investigadores)
La innovación no es lineal ni segura. Implica riesgo tecnológico, riesgo financiero y riesgo de mercado. Sin embargo, muchas organizaciones académicas son conservadoras por naturaleza. Esto genera una tensión constante: queremos impacto, pero evitamos el riesgo que lo hace posible.
Mitigar este error implica diseñar instituciones que gestionen el riesgo en lugar de evitarlo. Políticas internas flexibles, fondos que asuman incertidumbre, y mecanismos como licencias por fases—que permiten a las empresas probar una tecnología antes de comprometerse plenamente—crean entornos donde experimentar es legítimo.
Y lo más importante: ofrecer acompañamiento continuo. La transferencia no puede dejar a los investigadores solos en un terreno que no conocen. Necesitan guía, estructuras de apoyo y equipos que complementen sus competencias.
El riesgo no es una amenaza: es el coste natural de transformar conocimiento en valor.
5. Construir equipos sin diversidad de habilidades
El último obstáculo es humano. Innovar desde un laboratorio y lanzar un producto al mercado requieren habilidades radicalmente distintas. Cuando los equipos están formados únicamente por perfiles científicos o únicamente por perfiles de negocio, la transferencia se rompe por falta de traducción.
Las mejores prácticas son claras:
- Equipos multidisciplinares desde el primer día.
- Gestores “bilingües” capaces de traducir ciencia en negocio y negocio en ciencia.
- Lenguaje común, evitando jergas incomprensibles para el otro lado.
- Spin-offs con fundadores híbridos, donde talento técnico y talento comercial avanzan juntos.
La transferencia no la hace un laboratorio aislado: la hace un equipo capaz de hablar dos idiomas a la vez.
Una invitación final: repensar cómo transferimos
La transferencia de conocimiento no fracasa por falta de ideas, sino por falta de integración. Entre la ciencia y el mercado existe un espacio lleno de oportunidades, pero también de confusiones, incentivos desalineados y vacíos de habilidades. Reconocer estos cinco errores es el primer paso para construir un ecosistema donde el conocimiento no solo se genere, sino que fluya, llegue y transforme.
En un contexto donde Europa reclama métricas más maduras y donde las instituciones buscan aumentar su impacto, la pregunta que nos hacemos desde La Brújula de la Innovación es simple:
¿Y si el verdadero reto no es transferir tecnología, sino transferir cultura, colaboración y propósito? Porque, al final, la innovación se mueve cuando alguien se atreve a preguntarse:
¿Por qué no?