El GII 2026 confirma que la frontera global de la innovación aguanta, pero el techo de cristal de los países de renta media es cada vez más visible

La edición 2026 del Global Innovation Index de la OMPI analiza el rendimiento innovador de 139 economías, mapea los 100 principales clústeres mundiales y dedica su tema especial a una pregunta cada vez más urgente: ¿cómo convierten las startups de ciencia profunda la investigación de frontera en industrias escalables? El resultado es un mapa de la innovación global en transición, donde los líderes se mantienen, los emergentes suben con fuerza y el verdadero cuello de botella ya no es la inventiva sino la industrialización.

El podio no cambia, pero hay movimiento bajo la superficie

Suiza encabeza el ranking por decimosexta vez consecutiva, seguida de Suecia y Estados Unidos. Corea del Sur y Singapur completan el top 5. Europa vuelve a dominar la parte alta de la tabla con 14 economías entre las 25 primeras, mientras Asia aporta cinco plazas. El dato más reseñable en el contexto europeo es que España sube hasta el puesto 28, junto con Italia (27ª), en una región cuyo desafío central es convertir sus fortalezas industriales y científicas en empresas de alto crecimiento y capital de escala.

Bajo esa aparente estabilidad hay movimiento real: los Emiratos Árabes Unidos entran en el top 25, Canadá (16ª), Australia (20ª) y Nueva Zelanda (24ª) recuperan posiciones, y Portugal alcanza su mejor histórico al entrar en el top 30.

China supera a Estados Unidos en gasto en I+D; la IA domina el capital riesgo

El informe registra una reconfiguración relevante en la inversión global en innovación. El gasto mundial en I+D creció un 4,7% en términos reales en 2024, y China superó por primera vez a Estados Unidos en inversión total en I+D. El gasto empresarial en I+D entre las principales compañías mundiales alcanzó un récord de 1,5 billones de dólares, impulsado sobre todo por empresas intensivas en software e inteligencia artificial.

En capital riesgo, los valores se recuperaron con fuerza —un 28% más hasta los 510.000 millones de dólares—, pero el número de operaciones cayó por cuarto año consecutivo. El dato más llamativo: la IA representó el 53% del valor global del capital riesgo en 2025, una cifra que ascendió al 77% en el primer semestre de 2026.

Los emergentes suben, pero aparece un techo de cristal

El informe identifica un patrón estructural entre las economías de renta media que llevan años escalando posiciones: China (10ª), India (38ª), Vietnam (43ª), Turquía (45ª) y Marruecos (54ª) han avanzado notablemente desde 2013, pero su convergencia con las economías de alto ingreso es selectiva, no uniforme. La brecha se ha cerrado más rápido en exportaciones, financiación de startups y propiedad intelectual, y mucho más lento en base de conocimiento e I+D.

China es la excepción que confirma la regla: alcanza niveles de economía avanzada en 21 de 25 indicadores analizados. Para el resto, el siguiente escalón dependerá de si logran complementar sus fortalezas actuales con sistemas de investigación más profundos y conexiones más sólidas entre ciencia, empresa y financiación.

Los clústeres: China y EEUU dominan, Shenzhen lidera por segundo año

El ranking de los 100 clústeres de innovación más importantes del mundo confirma la polarización geográfica. Shenzhen-Hong Kong-Guangzhou encabeza la lista por segundo año consecutivo, seguido de Tokio-Yokohama y San José-San Francisco. China ya acumula 25 clústeres entre los 100 primeros, frente a los 20 de Estados Unidos.

Por intensidad innovadora per cápita, San José-San Francisco y Cambridge (Reino Unido) lideran con claridad. En la Unión Europea, Eindhoven y Helsinki encabezan ese indicador, lo que revela que el tamaño del clúster y su intensidad no siempre van de la mano.

El tema especial: más de 30.000 startups de ciencia profunda, valoradas en 7,6 billones de dólares

La edición 2026 dedica su análisis monográfico al ecosistema global de deep science ventures. Desde el año 2000 se han creado más de 30.000 startups de ciencia profunda —en ámbitos como semiconductores, biotecnología, robótica, energía y materiales avanzados—, un número 9,5 veces superior al de 2010. Su valoración conjunta asciende a 7,6 billones de dólares, un 23% más que en 2024.

El informe introduce el primer rastreador global de este tipo de empresas, elaborado junto con Dealroom, y detecta un patrón de estancamiento sistemático: las ventures se frenan en las mismas transiciones una y otra vez —del piloto al despliegue comercial, del laboratorio al proyecto financiable, de la tecnología probada a la empresa rentable—. La restricción ya no es la invención; es la industrialización.

La recomendación de política pública es clara: financiar la cadena completa de traducción —desde las pruebas de concepto hasta el capital paciente en fases avanzadas— y activar la demanda mediante compra pública y programas de cliente ancla que conviertan los avances tecnológicos en proyectos financiables.

Valor añadido Brújula: El problema de la innovación ya no está en los laboratorios

Durante décadas, el debate sobre competitividad innovadora giró en torno a la misma pregunta: ¿cuánto se invierte en investigación? Más gasto en I+D, más patentes, más publicaciones científicas. El GII 2026 no abandona esos indicadores, pero su análisis más valioso apunta en otra dirección. El cuello de botella global de la innovación ha cambiado de lugar. Ya no está en la capacidad de generar conocimiento científico —que sigue creciendo a ritmo récord— sino en la capacidad de cruzar las transiciones que convierten ese conocimiento en industria: del piloto al despliegue comercial, de la prueba de concepto al proyecto financiable, de la tecnología que funciona a la empresa que es rentable. Más de 30.000 startups de ciencia profunda, valoradas en 7,6 billones de dólares, se frenan sistemáticamente en los mismos puntos. No por falta de talento científico ni de ambición, sino por ausencia de capital paciente en fases intermedias, infraestructura de prueba compartida, demanda pública que ancle los primeros contratos y talento capaz de gestionar la transición entre el laboratorio y el mercado. El reto de la próxima década no es producir más ciencia. Es construir la ingeniería institucional y financiera que la lleve hasta donde importa.

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