La I+D industrial es la pieza clave para que España cierre la brecha con Europa

El debate sobre productividad e innovación vuelve pone el foco en un punto claro: sin más I+D industrial, transferencia tecnológica y empresas de alto valor añadido, la convergencia económica con Europa seguirá siendo limitada. El análisis del profesor Xavier Ferràs, de Esade, recupera precisamente esa relación entre innovación productiva y prosperidad territorial.

España lleva años hablando de modernización económica, pero sigue arrastrando una contradicción estructural: aspira a acercarse a Europa en renta, salarios y productividad mientras mantiene niveles de inversión en I+D inferiores a los de las economías más competitivas del continente. 

La idea central es clara: la riqueza de un territorio no depende únicamente de factores coyunturales o sectores como el turismo, sino de su capacidad para generar industria innovadora, exportar y transformar conocimiento en actividad económica.

Innovación productiva frente a crecimiento coyuntural

Ferràs matiza que no existe una relación automática entre más inversión en I+D y mayor riqueza. Existen excepciones como Baleares, donde el turismo sostiene elevados niveles de renta pese a una baja inversión tecnológica. Sin embargo el patrón general sigue siendo el mismo: las economías más sólidas tienden a apoyarse en sectores industriales de alto valor añadido, transferencia tecnológica e innovación empresarial.

Se plantea así una diferencia de fondo entre crecer y desarrollar capacidad productiva. España ha conseguido mantener durante años un modelo apoyado en servicios intensivos en turismo, pero ese modelo encuentra límites cuando se analiza la productividad a largo plazo.

Dos modelos territoriales distintos

La comparación entre comunidades autónomas ocupa una parte central del análisis. Según Ferràs, País Vasco, Navarra y Madrid representan los principales polos de competitividad del país, aunque con modelos diferentes.

Madrid concentra servicios avanzados, sedes corporativas y tecnología vinculada a la capitalidad del Estado. Sin embargo, el modelo que el profesor considera más replicable es el vasco-navarro: una combinación de I+D privada industrial, empresas medianas innovadoras, formación técnica avanzada y conexión estrecha entre empresa y universidad.

La clave está en que la innovación no permanezca en el ámbito académico, sino que llegue al tejido productivo en forma de patentes, procesos industriales, exportaciones y empleo cualificado.

El problema no es la falta de excelencia

España cuenta con “islas de excelencia”, pero carece de un ecosistema suficientemente extendido para arrastrar al conjunto del país. El reto ya no es únicamente reforzar territorios líderes, sino conseguir que más comunidades desarrollen capacidad tecnológica e industrial propia.

En este punto, Ferràs insiste en la necesidad de políticas públicas capaces de multiplicar la inversión privada y construir ecosistemas de innovación distribuidos por el territorio. Más I+D privada, más transferencia tecnológica, más empresas medianas con capacidad tecnológica y una formación más conectada con la economía real aparecen como elementos centrales.

La industria vuelve al centro del debate

Se recupera además una idea que había perdido peso en parte del discurso económico español: la industria vuelve a aparecer como pieza estratégica para sostener productividad y competitividad.

Comunidades como Galicia, Asturias, Aragón, Castilla y León o la Comunitat Valenciana aparecen señaladas como territorios con base industrial y conocimiento técnico suficiente para desarrollar modelos más intensivos en innovación, siempre que logren reforzar la cooperación público-privada y consolidar ecosistemas tecnológicos más sólidos.

La conclusión que atraviesa todo el análisis es que la competitividad no se construye únicamente desde el discurso político. Requiere inversión sostenida, organización industrial y capacidad para convertir conocimiento en actividad económica de alto valor añadido.

Valor añadido Brújula: la innovación genera valor cuando la industria es capaz de de convertirla en economía real

Durante años, Europa asumió que podía externalizar parte de su capacidad industrial mientras retenía el conocimiento. El problema es que, sin industria capaz de absorber innovación, el conocimiento termina escapando también. España empieza a reencontrarse con una idea clásica pero cada vez más estratégica: la productividad no depende solo de consumir tecnología, sino de producirla, integrarla y escalarla. Y eso exige algo más difícil que atraer inversión puntual: construir tejido empresarial innovador de forma sostenida.

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